Hace casi veinte años incursioné en el mundo de las letras. De más está decirles que la Universidad de Los Andes (mi Universidad) ha sido un punto de apoyo invalorable porque ha creído en lo que hago. Buena parte de mi producción en materia de libros ha sido editada por esta gran institución. Estos han sido hasta ahora los libros:
"Espacio sin límite" (Novela, 1995).
"Paraíso olvidado" (Cuentos, 1996).
"Plantas usuales en la medicina popular venezolana" (Ciencia, 1997).
"Corriente profunda" (Poesía, 1998).
"Una línea indecisa" (Novela, 1999).
"Breve diccionario de plantas medicinales" (Ciencia, 1999).
"El otro lado de la pared" (Cuentos, 1999).
"La universidad como proyecto de Estado" (Estudio, 2000).
"Manual del vencedor" (Poesía, 2001).
"Hombre solitario y otros relatos" (Cuentos, 2002).
"Herbolario tradicional venezolano" (Ciencia en coautoría con Juan Carmona Arzola, 2003, 2005 y 2009).
"En el tintero Vol. I" (Artículos y ensayos, 2004).
"En el tintero Vol. II" (Artículos y ensayos, 2004).
"Ser felices por siempre" (Ensayo, 2005).
"Los libros todavía estaban allí" (Ensayos, 2006)
"Perspectivas de la educación superior en un mundo globalizado" (Estudio, 2007).
"Tulio Febres Cordero" (Biografía, 2007).
"El extraño vicio de escribir" (Ensayos, 2008).
"Cuentos de monte y culebra" (Antología en coautoría con Alirio Pérez Lo Presti, 2009).
miércoles, 21 de abril de 2010
domingo, 18 de abril de 2010
Mis nuevos libros
Queridos lectores, ya están en las librerías casi todos mis nuevos títulos:
"Breve diccionario del naturismo" (Divulgación. Los Libros de El Nacional, Caracas)
"Tulio Febres Cordero. Genio y Figura" (Ensayos. Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida)
"Tiempos complejos ¿Fin del método científico?" (Ensayo. Fondo Editorial de la APULA, Primer Premio de Ensayo, Mérida).
"Trilogía de espectros (Cuentos. Fondo Editorial de la APULA, Primer Premio de Cuentos, Mérida).
"Jiménez Ure ante la crítica gilotaiziana" (Ensayos. Aleph Universitaria, Mérida). En imprenta.
"Cuentos antología personal" (Cuentos. Aleph Universitaria, Mérida). En imprenta
"Universidad de Los Andes: fundación en tres actos y un epílogo" (Ensayo. Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida).
"La impronta intercultural como arquetipo en el mundo de Tulio Febres Cordero" (Ensayo. Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida).
Notas:
*Acaba de salir de la imprenta la segunda reimpresión del libro "Herbolario tradicional venezolano" en el que comparto honores con el Ing. Juan Carmona Arzola (Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida).
"Breve diccionario del naturismo" (Divulgación. Los Libros de El Nacional, Caracas)
"Tulio Febres Cordero. Genio y Figura" (Ensayos. Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida)
"Tiempos complejos ¿Fin del método científico?" (Ensayo. Fondo Editorial de la APULA, Primer Premio de Ensayo, Mérida).
"Trilogía de espectros (Cuentos. Fondo Editorial de la APULA, Primer Premio de Cuentos, Mérida).
"Jiménez Ure ante la crítica gilotaiziana" (Ensayos. Aleph Universitaria, Mérida). En imprenta.
"Cuentos antología personal" (Cuentos. Aleph Universitaria, Mérida). En imprenta
"Universidad de Los Andes: fundación en tres actos y un epílogo" (Ensayo. Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida).
"La impronta intercultural como arquetipo en el mundo de Tulio Febres Cordero" (Ensayo. Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida).
Notas:
*Acaba de salir de la imprenta la segunda reimpresión del libro "Herbolario tradicional venezolano" en el que comparto honores con el Ing. Juan Carmona Arzola (Consejo de Publicaciones de la ULA, Mérida).
sábado, 17 de abril de 2010
La Literatura según el juicio de los intelectuales en Latinoamérica *
(Textos extraídos de los archivos del Centro de Investigaciones Literarias de la Universidad de Bogotá)
«La literatura es una de las formas de la Resistencia»
(Mempo GIARDINELLI)
«Acaso, ¿no es la Literatura la corrida de toros que algunos académicos de la Universidad de Los Andes me impidieron ver en la ciudad de Mérida»
(Jorge Luis BORGES)
«Cuando me sentí propenso a cortejar a la más hermosa de las criaturas del mundo pensé en la Literatura y, por ello, le di forma de mujer»
(Rodolfo QUINTERO NOGUERA)
«Comencé a dudar que soy físicamente perceptible cuando insistentemente los investigadores, docentes y alumnos de las universidades me preguntaban qué es la Literatura»
Camilo José CELA)
«Ante el mundo, no es la Literatura sino la más fidedigna prueba de la superioridad de la Inteligencia Humana»
(Ricardo GIL OTAIZA)
«Al Gabo Jiménez Emán, mi amigo y narrador venezolano favorito, le he dicho que supe lo que era la Literatura cuando padecí mi primer delirium tremens y vi el rostro de Baco en el apartamento que ocupaba en Caracas el poeta y diplomático ecuatoriano Luis Suardías»
(Ludovico SILVA)
«No puedo pensar que la Literatura no sea mi propio Homenaje a la Necrofilia»
(Carlos CONTRAMAESTRE)
«Qué otro asunto puede ser la Literatura sino la irreverencia de quienes estamos proscritos»
(Renato RODRÍGUEZ)
«Sólo supe lo que significa la Literatura cuando puse por primera vez un pie en el estribo»
(Víctor VALERA MORA)
«Yo soy la naturaleza, la poesía y la vida»
(Alberto José PÉREZ)
«Estoy rigurosamente persuadido que la Literatura es uno de los beberes fundamentales de cualquier ciudadano con talento»
(Luis BARRERA LINARES)
«La Literatura es el pozo séptico de la Humanidad, empero también su odorífica emanación de enmienda. No estuve el día cuando en concilio el Demonio y Pater Supremus procrearon a la palabra, pero me plegué a ese hermoso engendro de la Inteligencia Suprema»
(Alberto JIMÉNEZ URE)
«Comprendí lo que es la Literatura cuando sentí la urgencia de asumir que el mundo tiene los pies de barro»
(Salvador GARMENDIA)
«Jorge Luis Borges me confesó que hasta el día que me conoció siempre creyó equivocadamente que Él era la Literatura»
(Harold ALVARADO TENORIO)
«No fui yo sino la Cofradía Docta de las Letras, Correspondiente a la Academia Venezolana de la Lengua, quien dictaminó que nadie puede entender lo que es la Literatura sino no me ha leído»
(Gabriel JIMÉNEZ EMÁN)
«No fue dictada por mi, sino por la jauría de dioses de la Antigêdad, esa hermosa dama a la cual adhiero y que llaman Literatura»
(Juan CALZADILLA)
«En una vieja casona colonial de la Ave. 3 de la ciudad de Mérida, yo leía a Henry Miller y bebía cerveza con mi primo Jiménez Ure cuando supe que la Literatura es la Primavera Negra de la Inteligencia»
(Ennio JIMÉNEZ EMÁN)
«La Literatura es obviamente la más perniciosa de las formas de la demencia que expresan quienes padecen del Síndrome del Intelectualismo Innato»
(Alirio PÉREZ LOPRESTI)
«La Literatura es el mejor recurso de la inteligencia que hallé para mostrarle mi genialidad al mundo»
(César DÁVILA ANDRADE)
«No es tiempo de definir lo que es la Literatura, es tiempo de callar»
(Hernando TRACK)
«Si discis, I am the face of the Literature: and, sapiens eris because nihil est to me acceptius»
(J. M. BRICEÑO GUERRERO)
«La Literatura es la historia mejor contada por los animales racionales del episcopado intelectual del mundo»
(Guillermo MORÓN)
(Ver CITIES, Abril 2010)
* Texto suministrado por el escritor Alberto Jiménez Ure
«La literatura es una de las formas de la Resistencia»
(Mempo GIARDINELLI)
«Acaso, ¿no es la Literatura la corrida de toros que algunos académicos de la Universidad de Los Andes me impidieron ver en la ciudad de Mérida»
(Jorge Luis BORGES)
«Cuando me sentí propenso a cortejar a la más hermosa de las criaturas del mundo pensé en la Literatura y, por ello, le di forma de mujer»
(Rodolfo QUINTERO NOGUERA)
«Comencé a dudar que soy físicamente perceptible cuando insistentemente los investigadores, docentes y alumnos de las universidades me preguntaban qué es la Literatura»
Camilo José CELA)
«Ante el mundo, no es la Literatura sino la más fidedigna prueba de la superioridad de la Inteligencia Humana»
(Ricardo GIL OTAIZA)
«Al Gabo Jiménez Emán, mi amigo y narrador venezolano favorito, le he dicho que supe lo que era la Literatura cuando padecí mi primer delirium tremens y vi el rostro de Baco en el apartamento que ocupaba en Caracas el poeta y diplomático ecuatoriano Luis Suardías»
(Ludovico SILVA)
«No puedo pensar que la Literatura no sea mi propio Homenaje a la Necrofilia»
(Carlos CONTRAMAESTRE)
«Qué otro asunto puede ser la Literatura sino la irreverencia de quienes estamos proscritos»
(Renato RODRÍGUEZ)
«Sólo supe lo que significa la Literatura cuando puse por primera vez un pie en el estribo»
(Víctor VALERA MORA)
«Yo soy la naturaleza, la poesía y la vida»
(Alberto José PÉREZ)
«Estoy rigurosamente persuadido que la Literatura es uno de los beberes fundamentales de cualquier ciudadano con talento»
(Luis BARRERA LINARES)
«La Literatura es el pozo séptico de la Humanidad, empero también su odorífica emanación de enmienda. No estuve el día cuando en concilio el Demonio y Pater Supremus procrearon a la palabra, pero me plegué a ese hermoso engendro de la Inteligencia Suprema»
(Alberto JIMÉNEZ URE)
«Comprendí lo que es la Literatura cuando sentí la urgencia de asumir que el mundo tiene los pies de barro»
(Salvador GARMENDIA)
«Jorge Luis Borges me confesó que hasta el día que me conoció siempre creyó equivocadamente que Él era la Literatura»
(Harold ALVARADO TENORIO)
«No fui yo sino la Cofradía Docta de las Letras, Correspondiente a la Academia Venezolana de la Lengua, quien dictaminó que nadie puede entender lo que es la Literatura sino no me ha leído»
(Gabriel JIMÉNEZ EMÁN)
«No fue dictada por mi, sino por la jauría de dioses de la Antigêdad, esa hermosa dama a la cual adhiero y que llaman Literatura»
(Juan CALZADILLA)
«En una vieja casona colonial de la Ave. 3 de la ciudad de Mérida, yo leía a Henry Miller y bebía cerveza con mi primo Jiménez Ure cuando supe que la Literatura es la Primavera Negra de la Inteligencia»
(Ennio JIMÉNEZ EMÁN)
«La Literatura es obviamente la más perniciosa de las formas de la demencia que expresan quienes padecen del Síndrome del Intelectualismo Innato»
(Alirio PÉREZ LOPRESTI)
«La Literatura es el mejor recurso de la inteligencia que hallé para mostrarle mi genialidad al mundo»
(César DÁVILA ANDRADE)
«No es tiempo de definir lo que es la Literatura, es tiempo de callar»
(Hernando TRACK)
«Si discis, I am the face of the Literature: and, sapiens eris because nihil est to me acceptius»
(J. M. BRICEÑO GUERRERO)
«La Literatura es la historia mejor contada por los animales racionales del episcopado intelectual del mundo»
(Guillermo MORÓN)
(Ver CITIES, Abril 2010)
* Texto suministrado por el escritor Alberto Jiménez Ure
lunes, 1 de febrero de 2010
El chico que leía a Borges poemas de amor
Ricardo Gil Otaiza
A Tomás Eloy Martínez, in memoriam
BEPPO, EL GATO SIAMÉS, pasaba la siesta y la noche completa sobre la colcha siempre blanca de la cama del poeta. Georgie no podía negarse a los ronroneos y amapuches de su viejo gato. Cada tarde, cuando Albertico hacía su aparición en el estrecho apartamento —que le servía de hogar y de estudio al escritor— y así ejercer su oficio de “lector de Georgie”, Beppo saltaba de la cama y salía a su encuentro para olfatearlo y decidir si podía o no entrar en la casa.
Albertico ascendía las escaleras del edificio 994, con fachada de mármol rojo en la calle Maipú de Buenos Aires, y una vez ubicado en el sexto piso, pulsaba un par de veces el timbre. Al poco rato escuchaba unos pasos inseguros acercándose a la puerta. Entonces salía Beppo a su encuentro; detrás del gato, la figura ya un tanto desgarbada de Georgie (como solía llamarlo Leonor, su madre) le estiraba una mano fofa, débil (mano de escritor, pensaba Albertico), y luego le daba la espalda como señal de que lo siguiera.
La penumbra inmovilizaba al chico por breves instantes. Poco a poco iba reconociendo el lugar, y entonces se percataba de que Georgie estaba ya sentado en el diván con la mirada ciega perdida en algún punto de un sueño lejano, impaciente por empezar con su sesión de lectura. Esa tarde, el chico decidió sorprender a Borges, y en lugar de leerle El Cuervo, de Edgar Allan Poe, que Georgie había seleccionado, comenzó a leer lentamente lo siguiente: “Señora muerte: no sea usted demasiado brusca / ni demasiado lenta. Haga su trabajo como / el fuego hace el suyo sobre el hierro en / la fragua, que destruye purificando en la / llama lo superfluo. O como el agua que canta / en la boca del ahogado”… Georgie, estupefacto, mandó detener la lectura con la mano, y se quedó largo rato pensativo, como regresando de su viaje a lo desconocido. Luego dijo: “Ese texto no es de Poe, pero me sorprende su tesitura, su suavidad, su ritmo cadencioso y exquisito. Vamos, vamos, continúa a ver si doy con el autor”. Albertico abrió el libro en otra página, y leyó: “Casi ciego. La tarde / amuralla el sonido / de antiguas puertas. Cierra / el corazón sus ojos de fresca resonancia. / Y apenas queda el tibio resplandor. / ¡Qué callado el mundo crece dentro!”. El chico miró a Georgie, y a pesar de la penumbra del recinto, pudo ver cómo de aquellos ojos ciegos, de luz amarilla, brotaban incontenibles las lágrimas.
Albertico se quedó paralizado. Intentó articular palabra, y otra vez la mano extendida de Georgie le indicó el silencio. “José Ramón Medina, venezolano. Él es el autor de estos versos” —dijo Georgie a manera de susurro, con la autoridad que le otorgaban sus años y sus muchas lecturas.
En medio del desorden de la biblioteca, Georgie impuso su propio orden. Luego de la siesta pedía que le llevaran una taza de té hasta el diván, y después daba comienzo a la tarea de revisar los libros. A veces hallaba billetes que había dejado entre sus páginas. El producto de esa selección se lo entregaba a Albertico y así ahorraban tiempo para las tareas pendientes.
Georgie solía ir de paseo con Albertico por las calles aledañas a su edificio, y a veces hasta la plaza. A mitad de camino le pedía al chico que lo llevara hasta el Hotel Dorá, bastante cercano a su edificio, y ordenaba dos copas de helado. Ambos comían en silencio hasta que Borges comenzaba a recitar poemas de Kipling, de Góngora, de San Juan de la Cruz o de Lugones, y cuando ya se perfilaba la noche, pedía la cuenta y dejaba sobre la mesa un billete doblado, seguramente atesorado dentro de algún libro.
Ya sentado en su desvaído sillón, en medio de la deliciosa penumbra de su apartamento, le pedía al chico que tomara lápiz y papel, y desde la quietud de su postura, comenzaba a dictar con lentitud cada palabra. Así, hasta que se quedaba dormido.
Leonor era la primera en despertar, ya que debido a su senectud tenía que usar la bacinilla varias veces en la madrugada. Aquella mañana Georgie despertó con sobresalto. “Algo le sucedió a Madre” —le dijo a Fany, la mucama, sollozando. “Anoche soñé con ella y en el sueño llegaba hasta mi cama a despedirse con un largo adiós”. Entraron en la habitación de Leonor y Georgie se sentó en la cama y le puso su oído sobre el pecho. Entonces comenzó a llorar desconsoladamente: “Madre ha muerto —dijo en inglés— su corazón está en silencio”. No paró de llorar durante varios días y decía en voz alta: “He quedado solo y ahora no sé qué va a ser de mi vida”.
Lentamente el ritmo de trabajo se fue restableciendo. Todas las tardes, casi en el ocaso, llegaba Albertico, ascendía lentamente las escaleras del edificio 994, con fachada de mármol rojo en la calle Maipú de Buenos Aires, y una vez ubicado en el sexto piso, pulsaba un par de veces el timbre. Como siempre, Beppo lo recibía con su hocico escrutador.
A medida que pasaba el tiempo, a Georgie le gustaba que Albertico le leyera poemas de amor. Decía sin rubor: “No te extrañés, chico, soy un pérfido y un sentimental empedernido, que después de viejo se acuerda de que existe el amor”. De inmediato se corregía: ¿Existe el amor? Ambos reían a gusto, tomaban té y comían las galletas que Fany elaboraba con esmero.
A Pygmalion (la librería favorita de Borges en la que había conocido a Albertico) llegó el sobre procedente de Canadá. Cuando Albertico lo vio sobre el mostrador, no se atrevió a abrirlo. Estaba seguro de la respuesta: su solicitud de beca había sido rechazada. Lo metió dentro de un libro que le encargara Georgie.
Esa misma tarde Albertico se enteró de la muerte de Beppo. El poeta lucía abatido, con inmensas ojeras, hundido hasta el fondo en su diván. Contrariamente a lo que supuso el chico, Georgie estaba dispuesto a trabajar. Entonces le entregó el libro. Cuando lo abrió se percató del sobre que estaba dentro. El chico le habló acerca del trámite en la universidad de Canadá, así como de la respuesta que suponía había recibido. “Che, nunca se sabe…” —susurró Georgie. El chico comenzó a leer y para su sorpresa era favorable. ¿Acaso no te alegra la noticia? —lo increpó el chico. “Ya la sabía” —respondió Georgie. Hubo entonces un largo silencio (sin que Albertico lo sospechara, de la universidad canadiense le habían escrito a Borges solicitándole referencias del aspirante. Georgie hizo redactar un informe sobre la capacidad e inteligencia de su escriba y lector).
En dos semanas Albertico tendría que partir.
Del brazo de Fany llegó Georgie al aeropuerto. Llevaba puesto un traje elegante, una corbata a rayas y un sombrero que lo hacía parecer cantante porteño. Albertico lo vio y fue corriendo a su encuentro. Sin saludarlo siquiera, abrazó a Georgie y ambos no pudieron contener las lágrimas: “¡Qué llorones nos hemos puesto!” —ironizó el poeta. “No te pongás triste, che, cuando menos lo pensés estaré conferenciando con vos en la gélida Canadá”. Albertico le prometió promocionar sus libros y su figura, y Georgie se enojó muchísimo: “Tonterías, no se te ocurra semejante dislate —dijo con la voz quebrada por la emoción—, mi persona y mi obra somos eminentemente olvidables”.
A partir del día siguiente, Georgie pidió a Fany que colgara un letrero en la puerta del edificio. A pesar de su negativa, la fiel mucama se vio obligada a hacerlo:
Del brazo de Fany llegó Georgie al aeropuerto. Llevaba puesto un traje elegante, una corbata a rayas y un sombrero que lo hacía parecer cantante porteño. Albertico lo vio y fue corriendo a su encuentro. Sin saludarlo siquiera, abrazó a Georgie y ambos no pudieron contener las lágrimas: “¡Qué llorones nos hemos puesto!” —ironizó el poeta. “No te pongás triste, che, cuando menos lo pensés estaré conferenciando con vos en la gélida Canadá”. Albertico le prometió promocionar sus libros y su figura, y Georgie se enojó muchísimo: “Tonterías, no se te ocurra semejante dislate —dijo con la voz quebrada por la emoción—, mi persona y mi obra somos eminentemente olvidables”.
A partir del día siguiente, Georgie pidió a Fany que colgara un letrero en la puerta del edificio. A pesar de su negativa, la fiel mucama se vio obligada a hacerlo:
Se busca un chico que lea a Borges poemas de amor
sábado, 11 de julio de 2009
Mis dos mundos de Sergio Chejfec
Ricardo Gil Otaiza
No creo en azares ni en coincidencias. Considero, en todo caso, que hay chispazos del universo que nos ponen en el camino de algo o de alguien, y a partir de ese momento se desatan fuerzas desconocidas e inconmensurables, que nos empujan hacia un derrotero en particular. Con la lectura aún fresca de la novela El aire (Alfaguara, 2008), de Sergio Chejfec, uno de sus textos tempranos, quiso el propio autor —cuestión que agradezco— me acercara a la lectura de Mis dos mundos (Candaya, 2009), su más reciente incursión narrativa. Y aquí estoy, a pesar de todo: de lo tangible y de lo que no vemos, de lo real y lo imaginado; a pesar de esos mundos incomprensibles en los que las tibiezas del alma nos empujan hacia el abismo; ergo, hacia la negación del otro.
He venido siguiendo con interés la trayectoria literaria de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), desde que vivía entre nosotros, y con el primer texto leído de su ya extensa obra, supe que se trataba de un autor de culto, al que por supuesto me sumé de inmediato. Créanme, amigos, a veces me he preguntado qué es lo que en realidad me atrae de los libros de Chejfec, y he llegado a la sorprendente conclusión de que ese “algo”, supongo que intangible, está asociado a algún circuito, a alguna neurona, a alguna sinapsis que desde lo más recóndito de mi ser pugna por el rompimiento de esquemas, por la trasgresión de las normas, por la no alienación a lo que impone el perverso y pervertido mercado editorial. Algunos de los que han leído mis textos sobre varios de los libros de Chejfec, me han preguntando con sorna: “¿si la obra de Chejfec es tan exquisita como lo propones con entusiasmo y reverencia, por qué no ha alcanzado la consagración que supuestamente se merece? “Porque es un autor de culto de un grupo de iniciados y afortunados (entre los que me incluyo)” —es lo único que he atinado a responder. Esta tarde agregaría sin rubor: “prefiero que continúe siendo un autor de culto”. Por supuesto, amigos, mi añadido no es nada altruista, y sí cargado —transijo— con el deseo de continuar disfrutando de uno de los mejores de nuestras letras, pero sin el divismo propio de quienes se creen dueños de la verdad y del mundo, y terminan traicionado sus propuestas. Sergio posee una pluma magnífica, pero por fortuna deslastrada del cretinismo que se ha apoderado de otras buenas plumas, de allí el encanto de sus libros y de su personalidad, derramada profusamente en cada una de sus páginas.
En Mis dos mundos hallo sin reservas las ansias de disolución del novelista, cuestión que he encontrado en sus otros libros. Sergio describe, detalla, se detiene en lo trivial, en lo minúsculo, y es reacio a contarnos una historia como tal, al mero estilo barroco —diría Alexis Márquez Rodríguez. Con este autor argentino se rompe la teoría vargasllosiana de la novela total, para alcanzar —porque no hay dudas que la alcanza— la esplendidez del relato desde el no-relato, la visión universal del hecho literario desde la sencillez de lo cotidiano e invisible para el ojo del común. Un escritor X, muy cerca de su cumpleaños, se echa a viajar por el Brasil. Está deseoso de caminar, de patear calles y parques. Otro en el lugar de Chejfec, no dejaría escapar la oportunidad de describir la sucesión de ricas imágenes y de experiencias, que un viaje hacia lo ignoto le depara a un mortal, mucho más tratándose de una “ciudad del sur” del exótico Brasil, porque sencillamente es muy atractivo para cualquier narrador. No obstante, Sergio planifica su viaje, constantemente chequea su mapa, patea calles, se interna en un parque y se detiene en el doble juego de avance y de rémora hacia su propia interioridad, hasta que inexorablemente cierra el volumen. Ese cotejo del mundo exterior y de su propio mundo, que vemos en ésta y en sus anteriores novelas, es lo que en definitiva posibilita recrearnos en sus páginas, vernos en el mismo espejo, auscultar nuestra experiencia hasta alcanzar la plenitud de lo narrado, que no es otra cosa sino la comprensión de la clave íntima y profunda que el libro trae consigo. Pretender una historia lineal, contable, narrable desde el lugar de siempre, no es posible con Chejfec, porque sencillamente sus textos buscan la conexión íntima entre su experiencia y la del lector, como mecanismo perfecto de identificación de lo humano como esencia de lo contado.
Chejfec no le habla en su novela al lector por la vía de la muy trillada conciencia, ni pulsa las teclas de lo sensorial como mecanismo rápido y seguro de respuesta y de gratitud de parte de quien lo sigue. El autor profundiza en donde anidan las más imperceptibles de las emociones, los más sutiles deseos, lo más intrincado de la extraña complejidad de nuestros pensamientos. En la medida en que el novelista construye su texto, en esa misma proporción el lector se percata de sus intenciones, y lo sigue en el juego. El lector toma conciencia de su papel de co-protagonista de la no-historia, y entonces se hace cómplice para establecer una simbiosis que, por desmesurada, no deja de ser necesaria para el avance y la construcción del texto. La no-linealidad —tal vez la antinovela— permite la reflexión, la quietud, la detención de los “sucesos”, que no son tales, sino meras excusas para no hilvanar una historia que, de darse por la vía de lo convencional, sería un dardo mortal para la propuesta literaria de su artífice.
Chejfec echa mano de escenas, de planos narrativos y de secuencias, que le permiten fijar la atención en aquello que le interesa. Y es en estos planos en los que el autor nos entrega las claves para la comprensión de sus intenciones. Geniales resultan en este sentido las páginas en las que se detiene a teorizar, a narrar, a filosofar (a no sé qué), en torno a los cisnes de juguete que están en el parque. Francamente, no he visto cosa semejante en otro autor contemporáneo (por allá, algunos acercamientos en varios de los libros de Vila-Matas, nos traen reminiscencias de lo que en este libro hace el argentino). En las narices del lector, Chejfec construye su universo literario y no le importa que lo descubran. Es más, su acción es deliberada cuando nos dice: “Aparte de lo ya descripto, me impresionó de ellos (se refiere a los cisnes de juguete) tanto su silencio como su disposición. Ambas cualidades pueden parecer fantasiosas, ya que no me engaño: uno debe activar la imaginación para asignar vida a estos cisnes”. Aquí, en este punto, y como en toda celada, deja Chejfec al descubierto su designio y nos hace caer de nuevo en el juego ficcional cuando agrega: “Sin embargo, pese a estar aquí como se dice estacionados, su faceta realista se confirmaba en el hecho de parecer preparados para moverse en cualquier momento”. Para decirlo de otra manera: en estas páginas se construye y se de-construye la obra, se erige y a la vez ser desarticula su andamiaje, en un juego perverso mediante el cual el narrador, inventor de ese mundo o universo paralelo, lúcido demiurgo, crea y destruye a la vez, en una sucesión vertiginosa de imágenes que nos impiden caer en el abismo y el ser devorados por el vacío argumental.
La maestría de Chejfec radica precisamente en su capacidad de fusión y disociación de mundos encontrados y comunicantes, de universos inconmensurables, que buscan con afán la disyunción y al mismo tiempo la complementariedad por la vía de la conjunción de esfuerzos. En Mis dos mundos, su arte y su ficción alcanzan una cima, que sin temor a exagerar marcará un antes y un después en su narrativa. Desde la primera persona del singular va Chejfec instaurando las coordenadas de su texto, sin importar a priori si ello conduce o no a algún destino. Él echa a andar liviano, sin mucho peso sobre sus hombros, y con gran paciencia y goce estético va lucubrando su discurso, va redondeando un “algo” (posiblemente un magma) aparentemente sin cuadratura, pero que termina atrapándonos en un espacio figurado, en el cual no son posibles las reglas de la razón, pero que sin ellas jamás se podría alcanzar la plenitud estética. Los ojos de un animal, la presencia silenciosa de una tortuga, la quietud de las aguas del parque, son tomados como argumentos por el autor para desde el “sinsentido” (propio de la existencia) estructurar esa “nada” que paradójicamente plena sus textos. Tal vez los lugares de Chejfec sean los lugares sin límites de otros autores, que no soportaron el peso de la liviandad del argumento, y que con desgano dejaron en el camino regadas sus intenciones y sus sueños. Los espacios de este autor no poseen linderos naturales, ni especificaciones físicas: habitan sin rubor alguno en la vacuidad de una ficción, que de pronto se nos convierten en una portentosa realidad y, por ende, en vida y en mera cotidianidad.
Chejfec posee el don de narrar desde la inconsistencia de lo minimalista, desde el detalle superfluo, desde la vacuidad de un éter delicioso y fútil; desde la realidad que en sus manos se descompone en un inmenso espectro de mundos, que se hacen uno solo, y que también desaparecen. Chejfec se detiene largo rato y analiza, fustiga, lucubra, desmonta, acaricia cada palabra y cada suceso, como si en ello se le fuera la vida, y entonces da el salto, avanza, bien desde el punto de partida precedente, bien desde otro ángulo, y luego regresa para atar los cabos que quedaron sueltos. Una técnica perfecta que le permite indagar con detalle, a veces con lupa, en esa interioridad que se hace vida y suceso desde lo minúsculo. Chejfec dialoga con su otro yo, piensa en voz alta, por breves instantes se mimetiza y se convierte en el otro; a veces se hace impersonal y toma distancia. Tal vez esta dinámica es lo que le insufla a sus textos una versatilidad impensable en los soliloquios, cuya tensa calma termina por echar por tierra la intención creadora y los fines teleológicos del libro como tal. Esta autarquía literaria —por llamarla de alguna manera— no tiene otro fin que el imprimirle a lo narrado el sello de lo perdurable, de lo eterno: de ese caminar continuo por mundos insondables, posiblemente poco transitados desde antes (por lo menos de este modo), que se hacen decisivos a la hora del saldo definitivo de sus narraciones.
Al igual que sus personajes, Chejfec es un caminante; tal vez —como todo escritor— un hacedor de la nada, que de pronto se hace trascendente y necesario en medio de su propio mundo. No otra cosa se puede atisbar desde sus páginas y reflexiones. Es por ello que en ese discurrir a lo largo de su extensa obra, lo podemos ver con su morral al hombro, indagando, abriendo trochas, hurgando en la desmesura de un universo argumental, que no es nada fácil ni cómodo (por lo menos desde mi perspectiva o desde lo epistémico de la teoría literaria), si nos percatamos que la “ausencia” de una historia como tal, con todos sus elementos y posibilidades, es algo equivalente a echarse al mar sin brújula. Chejfec y sus personajes se lanzan a la aventura de la ficción, y en ese discurrir lento —pero seguro— van —vamos— descubriendo, oteando el horizonte, indagando en el absurdo de la vida, pero augurando nuevos derroteros. Empero, en ese barco no están solos los personajes y su creador: los lectores nos hacemos parte de ese mundo, nos consustanciamos, nos amalgamamos, buscamos hacernos copartícipes de un destino incierto, que al término de la experiencia nos enriquece en lo humano, y definitivamente trasciende nuestra finitud.
A lo largo del libro se van desarrollando las claves para la comprensión del “todo” argumental, y es por esto que al final el mismo autor, a manera de corolario, cierra su participación aclarándonos el porqué de sus dos mundos, que nos lleva necesariamente a unos párrafos que se yerguen de pronto en su poética narrativa. Reconoce sin más la línea difusa e indecisa que se levanta entre ambos planos, como si de realidades paralelas se tratara. Es en este punto precisamente en el que Chejfec de-construye todo el entramado orquestado en el texto, en un intento didáctico que desdibuja por instantes la perfección alcanzada, sin lograr algo que pareciera en todo caso deliberado y perverso: su disolución. Sus dos mundos: “La inmovilidad, la espera y todas las situaciones relacionadas, por un lado, y las acciones y los intercambios con el prójimo, por el otro”, signan para siempre su destino. Sólo al cierre descubrimos que era necesaria su aclaratoria, ya que de lo contrario no se alcanzaría la plenitud intertextual al carecer ese “todo” del sentido literario buscado desde un comienzo. Nos enteramos de que el caminante —es decir el novelista— ha estado en la cuerda floja, ha intentado un vano equilibrio, ha luchado para hacer confluir dos mundos antagónicos y complementarios, para así intentar ver con claridad en el horizonte.
Nos dice Chejfec al final: “Mis dos mundos no estaban separados de manera pareja ni correlativa; tampoco un mundo permanecía en las sombras o en la intimidad como contracara del otro, del visible, quién sabe cuál”. Sus dos mundos, nuestros mundos, confluyen, se encuentran, y de manera invariable permanecen como una doble posibilidad, como la inmanencia postergada, como la batalla definitiva y cruel entre la realidad y la ficción. Más trágico aún: entre la vida y la muerte.
No creo en azares ni en coincidencias. Considero, en todo caso, que hay chispazos del universo que nos ponen en el camino de algo o de alguien, y a partir de ese momento se desatan fuerzas desconocidas e inconmensurables, que nos empujan hacia un derrotero en particular. Con la lectura aún fresca de la novela El aire (Alfaguara, 2008), de Sergio Chejfec, uno de sus textos tempranos, quiso el propio autor —cuestión que agradezco— me acercara a la lectura de Mis dos mundos (Candaya, 2009), su más reciente incursión narrativa. Y aquí estoy, a pesar de todo: de lo tangible y de lo que no vemos, de lo real y lo imaginado; a pesar de esos mundos incomprensibles en los que las tibiezas del alma nos empujan hacia el abismo; ergo, hacia la negación del otro.
He venido siguiendo con interés la trayectoria literaria de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), desde que vivía entre nosotros, y con el primer texto leído de su ya extensa obra, supe que se trataba de un autor de culto, al que por supuesto me sumé de inmediato. Créanme, amigos, a veces me he preguntado qué es lo que en realidad me atrae de los libros de Chejfec, y he llegado a la sorprendente conclusión de que ese “algo”, supongo que intangible, está asociado a algún circuito, a alguna neurona, a alguna sinapsis que desde lo más recóndito de mi ser pugna por el rompimiento de esquemas, por la trasgresión de las normas, por la no alienación a lo que impone el perverso y pervertido mercado editorial. Algunos de los que han leído mis textos sobre varios de los libros de Chejfec, me han preguntando con sorna: “¿si la obra de Chejfec es tan exquisita como lo propones con entusiasmo y reverencia, por qué no ha alcanzado la consagración que supuestamente se merece? “Porque es un autor de culto de un grupo de iniciados y afortunados (entre los que me incluyo)” —es lo único que he atinado a responder. Esta tarde agregaría sin rubor: “prefiero que continúe siendo un autor de culto”. Por supuesto, amigos, mi añadido no es nada altruista, y sí cargado —transijo— con el deseo de continuar disfrutando de uno de los mejores de nuestras letras, pero sin el divismo propio de quienes se creen dueños de la verdad y del mundo, y terminan traicionado sus propuestas. Sergio posee una pluma magnífica, pero por fortuna deslastrada del cretinismo que se ha apoderado de otras buenas plumas, de allí el encanto de sus libros y de su personalidad, derramada profusamente en cada una de sus páginas.
En Mis dos mundos hallo sin reservas las ansias de disolución del novelista, cuestión que he encontrado en sus otros libros. Sergio describe, detalla, se detiene en lo trivial, en lo minúsculo, y es reacio a contarnos una historia como tal, al mero estilo barroco —diría Alexis Márquez Rodríguez. Con este autor argentino se rompe la teoría vargasllosiana de la novela total, para alcanzar —porque no hay dudas que la alcanza— la esplendidez del relato desde el no-relato, la visión universal del hecho literario desde la sencillez de lo cotidiano e invisible para el ojo del común. Un escritor X, muy cerca de su cumpleaños, se echa a viajar por el Brasil. Está deseoso de caminar, de patear calles y parques. Otro en el lugar de Chejfec, no dejaría escapar la oportunidad de describir la sucesión de ricas imágenes y de experiencias, que un viaje hacia lo ignoto le depara a un mortal, mucho más tratándose de una “ciudad del sur” del exótico Brasil, porque sencillamente es muy atractivo para cualquier narrador. No obstante, Sergio planifica su viaje, constantemente chequea su mapa, patea calles, se interna en un parque y se detiene en el doble juego de avance y de rémora hacia su propia interioridad, hasta que inexorablemente cierra el volumen. Ese cotejo del mundo exterior y de su propio mundo, que vemos en ésta y en sus anteriores novelas, es lo que en definitiva posibilita recrearnos en sus páginas, vernos en el mismo espejo, auscultar nuestra experiencia hasta alcanzar la plenitud de lo narrado, que no es otra cosa sino la comprensión de la clave íntima y profunda que el libro trae consigo. Pretender una historia lineal, contable, narrable desde el lugar de siempre, no es posible con Chejfec, porque sencillamente sus textos buscan la conexión íntima entre su experiencia y la del lector, como mecanismo perfecto de identificación de lo humano como esencia de lo contado.
Chejfec no le habla en su novela al lector por la vía de la muy trillada conciencia, ni pulsa las teclas de lo sensorial como mecanismo rápido y seguro de respuesta y de gratitud de parte de quien lo sigue. El autor profundiza en donde anidan las más imperceptibles de las emociones, los más sutiles deseos, lo más intrincado de la extraña complejidad de nuestros pensamientos. En la medida en que el novelista construye su texto, en esa misma proporción el lector se percata de sus intenciones, y lo sigue en el juego. El lector toma conciencia de su papel de co-protagonista de la no-historia, y entonces se hace cómplice para establecer una simbiosis que, por desmesurada, no deja de ser necesaria para el avance y la construcción del texto. La no-linealidad —tal vez la antinovela— permite la reflexión, la quietud, la detención de los “sucesos”, que no son tales, sino meras excusas para no hilvanar una historia que, de darse por la vía de lo convencional, sería un dardo mortal para la propuesta literaria de su artífice.
Chejfec echa mano de escenas, de planos narrativos y de secuencias, que le permiten fijar la atención en aquello que le interesa. Y es en estos planos en los que el autor nos entrega las claves para la comprensión de sus intenciones. Geniales resultan en este sentido las páginas en las que se detiene a teorizar, a narrar, a filosofar (a no sé qué), en torno a los cisnes de juguete que están en el parque. Francamente, no he visto cosa semejante en otro autor contemporáneo (por allá, algunos acercamientos en varios de los libros de Vila-Matas, nos traen reminiscencias de lo que en este libro hace el argentino). En las narices del lector, Chejfec construye su universo literario y no le importa que lo descubran. Es más, su acción es deliberada cuando nos dice: “Aparte de lo ya descripto, me impresionó de ellos (se refiere a los cisnes de juguete) tanto su silencio como su disposición. Ambas cualidades pueden parecer fantasiosas, ya que no me engaño: uno debe activar la imaginación para asignar vida a estos cisnes”. Aquí, en este punto, y como en toda celada, deja Chejfec al descubierto su designio y nos hace caer de nuevo en el juego ficcional cuando agrega: “Sin embargo, pese a estar aquí como se dice estacionados, su faceta realista se confirmaba en el hecho de parecer preparados para moverse en cualquier momento”. Para decirlo de otra manera: en estas páginas se construye y se de-construye la obra, se erige y a la vez ser desarticula su andamiaje, en un juego perverso mediante el cual el narrador, inventor de ese mundo o universo paralelo, lúcido demiurgo, crea y destruye a la vez, en una sucesión vertiginosa de imágenes que nos impiden caer en el abismo y el ser devorados por el vacío argumental.
La maestría de Chejfec radica precisamente en su capacidad de fusión y disociación de mundos encontrados y comunicantes, de universos inconmensurables, que buscan con afán la disyunción y al mismo tiempo la complementariedad por la vía de la conjunción de esfuerzos. En Mis dos mundos, su arte y su ficción alcanzan una cima, que sin temor a exagerar marcará un antes y un después en su narrativa. Desde la primera persona del singular va Chejfec instaurando las coordenadas de su texto, sin importar a priori si ello conduce o no a algún destino. Él echa a andar liviano, sin mucho peso sobre sus hombros, y con gran paciencia y goce estético va lucubrando su discurso, va redondeando un “algo” (posiblemente un magma) aparentemente sin cuadratura, pero que termina atrapándonos en un espacio figurado, en el cual no son posibles las reglas de la razón, pero que sin ellas jamás se podría alcanzar la plenitud estética. Los ojos de un animal, la presencia silenciosa de una tortuga, la quietud de las aguas del parque, son tomados como argumentos por el autor para desde el “sinsentido” (propio de la existencia) estructurar esa “nada” que paradójicamente plena sus textos. Tal vez los lugares de Chejfec sean los lugares sin límites de otros autores, que no soportaron el peso de la liviandad del argumento, y que con desgano dejaron en el camino regadas sus intenciones y sus sueños. Los espacios de este autor no poseen linderos naturales, ni especificaciones físicas: habitan sin rubor alguno en la vacuidad de una ficción, que de pronto se nos convierten en una portentosa realidad y, por ende, en vida y en mera cotidianidad.
Chejfec posee el don de narrar desde la inconsistencia de lo minimalista, desde el detalle superfluo, desde la vacuidad de un éter delicioso y fútil; desde la realidad que en sus manos se descompone en un inmenso espectro de mundos, que se hacen uno solo, y que también desaparecen. Chejfec se detiene largo rato y analiza, fustiga, lucubra, desmonta, acaricia cada palabra y cada suceso, como si en ello se le fuera la vida, y entonces da el salto, avanza, bien desde el punto de partida precedente, bien desde otro ángulo, y luego regresa para atar los cabos que quedaron sueltos. Una técnica perfecta que le permite indagar con detalle, a veces con lupa, en esa interioridad que se hace vida y suceso desde lo minúsculo. Chejfec dialoga con su otro yo, piensa en voz alta, por breves instantes se mimetiza y se convierte en el otro; a veces se hace impersonal y toma distancia. Tal vez esta dinámica es lo que le insufla a sus textos una versatilidad impensable en los soliloquios, cuya tensa calma termina por echar por tierra la intención creadora y los fines teleológicos del libro como tal. Esta autarquía literaria —por llamarla de alguna manera— no tiene otro fin que el imprimirle a lo narrado el sello de lo perdurable, de lo eterno: de ese caminar continuo por mundos insondables, posiblemente poco transitados desde antes (por lo menos de este modo), que se hacen decisivos a la hora del saldo definitivo de sus narraciones.
Al igual que sus personajes, Chejfec es un caminante; tal vez —como todo escritor— un hacedor de la nada, que de pronto se hace trascendente y necesario en medio de su propio mundo. No otra cosa se puede atisbar desde sus páginas y reflexiones. Es por ello que en ese discurrir a lo largo de su extensa obra, lo podemos ver con su morral al hombro, indagando, abriendo trochas, hurgando en la desmesura de un universo argumental, que no es nada fácil ni cómodo (por lo menos desde mi perspectiva o desde lo epistémico de la teoría literaria), si nos percatamos que la “ausencia” de una historia como tal, con todos sus elementos y posibilidades, es algo equivalente a echarse al mar sin brújula. Chejfec y sus personajes se lanzan a la aventura de la ficción, y en ese discurrir lento —pero seguro— van —vamos— descubriendo, oteando el horizonte, indagando en el absurdo de la vida, pero augurando nuevos derroteros. Empero, en ese barco no están solos los personajes y su creador: los lectores nos hacemos parte de ese mundo, nos consustanciamos, nos amalgamamos, buscamos hacernos copartícipes de un destino incierto, que al término de la experiencia nos enriquece en lo humano, y definitivamente trasciende nuestra finitud.
A lo largo del libro se van desarrollando las claves para la comprensión del “todo” argumental, y es por esto que al final el mismo autor, a manera de corolario, cierra su participación aclarándonos el porqué de sus dos mundos, que nos lleva necesariamente a unos párrafos que se yerguen de pronto en su poética narrativa. Reconoce sin más la línea difusa e indecisa que se levanta entre ambos planos, como si de realidades paralelas se tratara. Es en este punto precisamente en el que Chejfec de-construye todo el entramado orquestado en el texto, en un intento didáctico que desdibuja por instantes la perfección alcanzada, sin lograr algo que pareciera en todo caso deliberado y perverso: su disolución. Sus dos mundos: “La inmovilidad, la espera y todas las situaciones relacionadas, por un lado, y las acciones y los intercambios con el prójimo, por el otro”, signan para siempre su destino. Sólo al cierre descubrimos que era necesaria su aclaratoria, ya que de lo contrario no se alcanzaría la plenitud intertextual al carecer ese “todo” del sentido literario buscado desde un comienzo. Nos enteramos de que el caminante —es decir el novelista— ha estado en la cuerda floja, ha intentado un vano equilibrio, ha luchado para hacer confluir dos mundos antagónicos y complementarios, para así intentar ver con claridad en el horizonte.
Nos dice Chejfec al final: “Mis dos mundos no estaban separados de manera pareja ni correlativa; tampoco un mundo permanecía en las sombras o en la intimidad como contracara del otro, del visible, quién sabe cuál”. Sus dos mundos, nuestros mundos, confluyen, se encuentran, y de manera invariable permanecen como una doble posibilidad, como la inmanencia postergada, como la batalla definitiva y cruel entre la realidad y la ficción. Más trágico aún: entre la vida y la muerte.
domingo, 22 de marzo de 2009
El aire
RICARDO GIL OTAIZA
Hace casi dos años tuve la grata oportunidad de presentar en la ciudad de Mérida la más reciente novela de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), titulada Baroni: un viaje (Alfaguara, 2007). En ese momento describí detalladamente, en presencia del autor, las inmensas fortalezas de un texto sobrio, decantado, urdido desde “la diversidad de planos en un mismo espacio gravitacional, alcanzando una entropía y una atomización, sólo superadas por el oficio del autor y por los deseos urgentes de contar y de entregarnos las historias”. Cayó ahora en mis manos una de sus primeras novelas, reeditada en el 2008 por la misma casa, cuyo título —El aire— no nos sugiere mucho; es más, ni siquiera nos invita a adentrarnos en sus páginas.
Con las reticencias de siempre, abordé la lectura, y de entrada me sorprendió la ausencia de acción. La novela tiene la extraña particularidad de que no nos cuenta una historia como tal; sólo describe al personaje (de apellido Barroso) y a su entorno en una especie de regodeo argumental, en el que lentamente vamos siendo testigos del “desmontaje” vital del protagonista, a partir del abandono del cual es víctima por parte de Benavente, su esposa. Esta mera “noción” le sirve de excusa al novelista para ir desgranando con engañosa frialdad la cotidianidad de Barroso, su inacción, su desgano, que muy pronto deviene en fatalismo.
Como por arte de magia, teje Chejfec su exquisita red de un solipsismo extremo, profundo, en el cual lo único que cuenta es el yo interior, lo que piensa el personaje, su vida percibida desde su propia conciencia, y nos conduce ágilmente a través de su texto sin que notemos la no existencia de una trama; cuestión supuestamente medular en toda narración de largo aliento, que busque trascender la mera exposición fotográfica de una realidad presente o figurada.
Si como nos lo dice Mario Vargas Llosa en La orgía perpetua “al convertirse en escritura la realidad se hace mentira”, en El aire la realidad sufrida por Barroso vendría a constituirse —a partir de la escritura de Chejfec— en un cruel remedo de lo cotidiano, que termina por liquidar la esperanza del retorno a un pasado idílico, o el reacomodo de un presente signado por el fracaso y la frustración, y nos sumerge inexorablemente en la negación absoluta de la redención del personaje, al perderse en su propio laberinto de inconsistencias y al caer en su disolución emocional y física.
Barroso va cayendo paulatinamente en la oscuridad, y con él su ciudad. Percibimos atónitos a un Buenos Aires que se hace fantasmal, que se desdibuja, que va retornando —por un extraño mecanismo que ignoramos— a una etapa primigenia. De pronto Barroso se percata de que ya no puede comprar con dinero, sino que en los comercios sólo reciben vidrio que es llevado por los clientes y permutado por mercancía. De igual forma, de la noche a la mañana las terrazas de los edificios se van llenando de familias pudientes y de clase media, que han perdido todo y ahora tienen que conformarse a vivir como indigentes.
Barroso y su mundo de relaciones se hace aire, se difumina en una suerte de desintegración que se hace lógica y hasta necesaria para la suerte del libro (a medida que nos adentramos en la conciencia del personaje), hasta caer abatidos por la insólita sensación de haber leído un magnífico texto, pero a la vez de no haber leído sencillamente nada.
Hace casi dos años tuve la grata oportunidad de presentar en la ciudad de Mérida la más reciente novela de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), titulada Baroni: un viaje (Alfaguara, 2007). En ese momento describí detalladamente, en presencia del autor, las inmensas fortalezas de un texto sobrio, decantado, urdido desde “la diversidad de planos en un mismo espacio gravitacional, alcanzando una entropía y una atomización, sólo superadas por el oficio del autor y por los deseos urgentes de contar y de entregarnos las historias”. Cayó ahora en mis manos una de sus primeras novelas, reeditada en el 2008 por la misma casa, cuyo título —El aire— no nos sugiere mucho; es más, ni siquiera nos invita a adentrarnos en sus páginas.
Con las reticencias de siempre, abordé la lectura, y de entrada me sorprendió la ausencia de acción. La novela tiene la extraña particularidad de que no nos cuenta una historia como tal; sólo describe al personaje (de apellido Barroso) y a su entorno en una especie de regodeo argumental, en el que lentamente vamos siendo testigos del “desmontaje” vital del protagonista, a partir del abandono del cual es víctima por parte de Benavente, su esposa. Esta mera “noción” le sirve de excusa al novelista para ir desgranando con engañosa frialdad la cotidianidad de Barroso, su inacción, su desgano, que muy pronto deviene en fatalismo.
Como por arte de magia, teje Chejfec su exquisita red de un solipsismo extremo, profundo, en el cual lo único que cuenta es el yo interior, lo que piensa el personaje, su vida percibida desde su propia conciencia, y nos conduce ágilmente a través de su texto sin que notemos la no existencia de una trama; cuestión supuestamente medular en toda narración de largo aliento, que busque trascender la mera exposición fotográfica de una realidad presente o figurada.
Si como nos lo dice Mario Vargas Llosa en La orgía perpetua “al convertirse en escritura la realidad se hace mentira”, en El aire la realidad sufrida por Barroso vendría a constituirse —a partir de la escritura de Chejfec— en un cruel remedo de lo cotidiano, que termina por liquidar la esperanza del retorno a un pasado idílico, o el reacomodo de un presente signado por el fracaso y la frustración, y nos sumerge inexorablemente en la negación absoluta de la redención del personaje, al perderse en su propio laberinto de inconsistencias y al caer en su disolución emocional y física.
Barroso va cayendo paulatinamente en la oscuridad, y con él su ciudad. Percibimos atónitos a un Buenos Aires que se hace fantasmal, que se desdibuja, que va retornando —por un extraño mecanismo que ignoramos— a una etapa primigenia. De pronto Barroso se percata de que ya no puede comprar con dinero, sino que en los comercios sólo reciben vidrio que es llevado por los clientes y permutado por mercancía. De igual forma, de la noche a la mañana las terrazas de los edificios se van llenando de familias pudientes y de clase media, que han perdido todo y ahora tienen que conformarse a vivir como indigentes.
Barroso y su mundo de relaciones se hace aire, se difumina en una suerte de desintegración que se hace lógica y hasta necesaria para la suerte del libro (a medida que nos adentramos en la conciencia del personaje), hasta caer abatidos por la insólita sensación de haber leído un magnífico texto, pero a la vez de no haber leído sencillamente nada.
miércoles, 18 de marzo de 2009
Entrevista con el escritor Alberto Jiménez Ure
«Asocio el Nihilismo con masacres revolucionarias y me deprimo, porque en el mundo que habitamos numerosos perturbados mentales tienen, infaustamente, el Poder del Mando»
Por NÉSTOR RIVERA URDANETA (*)
Incluido en las principales antologías de cuentos que se han editado en Venezuela durante la transición de los Siglos XX-XXI, entre las cuales Narradores andinos contemporáneos [Fundarte, Caracas, 1980], El cuento en Mérida [Universidad de Los Andes, Mérida, 1985], La narrativa corta en el Zulia [Presidencia de la República, Caracas, 1987], Relatos venezolanos del Siglo XX [Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1988] Memoria y cuento [Pomaire, 1992], Recuento [ Editorial Fundarte, Caracas, 1994], Ficción mínima [Fundarte, Caracas, 1996 y El cuento breve en Venezuela, 2005].
Escritor venezolano nacido en Tía Juana [Campo Petrolero del Edo. Zulia, 1952], publicó con Monte Ávila Latinoamericana Cuentos escogidos, con la Universidad de Costa Rica Abominables y con la Editorial Alfadil de Caracas Perversos [1995, 2002, 2004, trilogía de compilaciones antológicas personales de narraciones breves]. Espera por la aparición de su antología máxima de cuentos, intitulada Absurdos. Es autor de casi una decena de novelas, entre las que destacan Aberraciones, Adeptos, Dionisia, Facia, Desahuciados, Decapitados y Escorias.
Sobre su obra se han escrito: del ensayista venezolano BÁEZ, Fernando: Aproximaciones a la Obra Literaria de Alberto Jiménez Ure [Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1991] Del argentino BENÍTEZ, Luis: El horror en la narrativa de Alberto Jiménez Ure [Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1996] Del venezolano LISCANO, Juan: Jiménez Ure a contracorriente [ALEPH universitaria, Universidad de Los Andes, 2008] De la costarricense MONTERO RODRÍGUEZ, Shirley:Tres visiones del discurso de la postmodernidad en Cuentos Abominables de Alberto Jiménez Ure: tiempo, espacio, erotismo y fiabilidad [ALEPH universitaria, Mérida, Venezuela, 2008] Del venezolano GIL OTAIZA, Ricardo: Jiménezure ante la crítica Gilotaiziana [ensayos, en proceso de publicación] y del venezolano PLATA RAMÍREZ, Enrique: Las fantasmagorías en Alberto Jiménez Ure [Formó parte de sus investigaciones durante la realización del Doctorado en Literatura Iberoamericana en la Universidad Complutense, Madrid. en proceso de publicación]. Tiene también volúmenes de poemas y apotegmas o aforismos [Lucubraciones, Luxfero, Revelaciones, Pensamientos profanos, Dictados contrarrevolucionarios, Epitafios, Pensamientos Dispersos, Pensamientos]
- ¿Qué te ha impulsado a plasmarte por escrito todo este tiempo?
-Desde mis días mis infantes, la praxis escritural ha sido mi único e insustituible instrumento para expresar mis bienaventuranzas y otras veces los terrores que experimento en esto que definimos existencia y de lo cual Albert Einstein dudó la víspera de su escisión. Siempre he vivido enclavado en mi modestísima fortaleza personal, sitiado por seres de otro u otros mundos que se transportan armados con catapultas y otras armas letales en heliópolis. Sus intenciones últimas conmigo todavía ignoro. Padezco, con frecuencia, «alucinaciones» e igual soy un «clariaudiente». Cualquier psiquiatra te dirá que soy un enfermo, empero no es cierto desde mi perspectiva intelectual. Sólo soy una persona con dones que pudieran ser padecimientos.
- ¿Qué mueve y arrastra tu ficción nihilista?
-El Nihilismo es una corriente filosófica. El extinto Lenin estuvo en desacuerdo con la actitud que asumieron, en su tiempo y en territorio Imperial-«Revolucionario» Soviético, quienes enfrentaban a la burguesía comunista que se había inevitablemente convertido en un influyente grupo de reaccionarios. Me inquieta que alguien piense que soy nihilista, porque el Nihilismo [del Latín nihil, «nada»] fue fundado por el alemán Friedrich H. Jacobi: ese que inspiraría a sectores de criminales durante la Revolución Francesa intelectualmente liderada por Maximilien De Robespierre. Los jacobinos, al principio aliados de Robespierre, propugnaban que se ajusticiara mediante la guillotina a los contrarrevolucionarios, pero fueron también decapitados. Sus cabezas rodaron, también la de Robespierre. Es cierto que en mis textos se advierte cierto repudio o asco hacia las acciones que cometemos los seres menos inhumanos, y que, en ocasiones, de modo explícito, he dicho que nuestra especie debe abolirse. Pero, podemos extinguirnos sin masacrarnos. Hay un sencillo método científico: la esterilidad inducida. No creo en revoluciones, en la infusión del terror en ningún país por ninguna causa o propósito. Las revoluciones jamás enmendarán ninguna injusticia u oprobio y siempre diseminarán, sin distinciones, cadáveres de culpables e inocentes. Mi nihilismo no puede vincularse a movimientos revolucionarios, sino a lo que estrictamente dicta la Lengua Sacra: a La Nada. Yo bogo por la desaparición no violenta de nuestra fracasada y cruel especie. Es imperativo, urgente, que el llamado «Agujero Negro» absorba a la materia y todo lo que implica su existencia.
- ¿Cuáles recursos literarios te permiten expresar, cómodamente, la intención nihilista de la que te hablo en la pregunta anterior?
-He sido un fervoroso estudioso de la Filosofía, Literatura y de la Lengua Española que me place perturbar mediante neologismos y violaciones de su respetabilísima morfosintaxis de ecclesia. Mis recursos devienen de tales y venerables ascendentes.
-¿Qué te aleja del planteamiento reiterativo en tu obra? ¿Te reinventas constantemente o reconoces que caminas sobre tus propios pasos? –Esto te lo digo a propósito de que, durante las décadas de los 80 y 90, se dijo que tu estilo llenó vacíos literarios en el ámbito nacional.
-Me cuento entre los escritores obsesos. Decimos y a veces nos asustamos de nuestras confesiones o de cuanto hemos develado bajo catarsis, euforia, locura […] Entonces nos alejamos mediante la escritura de obras menos corrosivas. Me ha sucedido varias veces. Redacté la novela Facia, por ejemplo, cansado de tantas perversiones que pululaban en mi mente. Y Deus [enunciados poéticos] porque vi a mi Pater Supremum y le prometí que le dedicaría un libro. No me reinvento. Pero, no es discutible que en cada uno de mis libros esté mi impronta indeleble.
¿Consideras que existen otros precursores del «Nihilismo» en el actual panorama literario venezolano?
-No yerres, no soy precursor del Nihilismo en ningún lugar. Si fuese precursor de algún asunto en materia de creación, sería de lo que califico como Difemismo Literario. Mis escritos no suelen ser odoríficos. Asocio el Nihilismo con masacres revolucionarias y me deprimo, porque en el mundo que habitamos numerosos perturbados mentales tienen, infaustamente, el Poder del Mando y quieren revivir las cruentas abominaciones de los jacobinos y robespierrianos que abatieron a tantos inocentes durante la Revolución Francesa. También vinculo el Nihilismo con los [neo] nazifascistas y stalinistas.
¿Qué quiso decir Juan Liscano al afirmar que tu obra muestra «mensajes narrativos»? ¿Es lo mismo que «construir con ideas»?
-Entre Juan Liscano y yo hubo una verdadera comunión intelectual. Aun cuando no solía admitirlo con frecuencia para no lastimar a ciertos escritores con los cuales mantuvo buen trato y amistad, a Liscano le fastidiaba la literatura frívola y carente de profundidad. Su mente necesitaba ser conmovida, una fortísima sacudida. Él halló en mis novelas y enunciados «revelaciones» que a veces elogió y en otras ocasiones deploró. Recuerdo haberle dicho lo siguiente: «Soy, intelectualmente, la verdad en la contradicción. De Abraxas, su semejante»
-Liscano también expresó que eres un «pensador nihilista disfrazado de literato». Calzadilla Arreaza aseguró que la tuya es una «literatura de la destrucción» y que, mediante una relación «caos-análisis» buscas «llevar la compleja realidad a sus mínimos elementos aleatorios para ir al encuentro de ti mismo, con marcado acercamiento a la muerte». Otros aseveran que en tu obra subyace un afán por depurarte, vindicarte mediante confesiones […]
-Poco tiempo antes de su muerte, Liscano sospechó que yo me había convertido en uno de los principales «ideólogos del satanismo» en la ciudad de Mérida. Me llamaba constantemente por teléfono, casi a la medianoche, inquieto, ofuscado por esa absurda creencia. Juan fue un intelectual cultísimo, extraordinario defensor y propulsor de mi obra literaria, pero pienso que sus miedos de procedencia religiosa comenzaron a confundirlo cuando su edad alcanzaba los 80 años. Ya leía poco y se dedicaba a prolongadas meditaciones. Quiso volverse un verdadero gnóstico, dejar de temerle a la muerte para entrar apaciblemente en ella. Me confesaba su lealtad y afecto hacia mi, su respeto por mi obra literaria, pero era comprensible que me prejuzgara. Mis libros fueron, gradualmente, transformándose en especie de armas letales para quienes se aferran ciegamente a quien también es mi Pater Supremum. Juan Liscano me dijo haber visto a Luxfero, lo cual no me produjo perplejidad porque el Demonio es uno de los toros con los cuales suelo lidiar.
-¿Es posible un futuro promisor para el Nihilismo y sus exponentes?
-Filosófica y políticamente, el Nihilismo siempre tendrá hacedores y adherentes: siempre tendrá «futuro» mientras no propugnemos la abolición científica de nuestra especie. El Nihilismo en el ámbito literario y el que trasciende a la palabra para santificar genocidios es inmanente al Ser Menos Inhumano.
-Cuando distorsionas la realidad pretendes: ¿Innovar? ¿Asquear al lector que pueda verse reflejado en tu trabajo? ¿Volcar algún malestar personal? ¿Dejar en evidencia tu talante inconformista?
-Qué pensarías de mi si pronuncio, Néstor, frases mías e inéditas como las que a continuación pronuncio: «Si no quieres ser lastimado por el maleante, tienes que parecertele» «Comete lentamente tus asesinatos o perversiones para que tenga sentido el desgaste físico y psíquico que te provocan esos actos» «Al criminal plugo dejar con vida a quien está destinado a ser su verdugo». Elige que pretendo […] Decide tu, porque yo sólo soy un escritor y jamás juez de mis reflexiones o ficciones.
-El Nihilismo es, en esencia, una profunda reflexión y crítica a los sucesos del mundo. ¿Sería, entonces, tu literatura una crónica asqueada de tu tiempo, y, por ello, una inagotable y motivadora fuente para tu producción intelectual? ¿La narración de abominaciones no acerca tu literatura a la crónica periodística?
-Yo sólo escribo ficciones y me desahogo haciéndolo. Si semejan a «La Realidad»
o la trascienden, si la exacerban o superan, no depende de mi. Dejo los juicios respecto a mi estilo literario a ustedes, a quienes me interrogan por motivos periodísticos o académicos, a los críticos literarios, a los estudiosos de la Literatura, a mis lectores. Lo que parece cierto es que estoy en el mismo lugar donde están quienes, como yo, todavía respiran. Y si soy escritor mis textos deben estar infectados de eso que entendemos como «La Realidad».
-A partir del planteamiento anterior, ¿podría hablarse de paralelismo entre «Ficción Nihilista»-«Periodismo literario»?
-Si estamos y tenemos inteligencia, semejamos. Lo semejante no es simulación de lo paralelo o reflejo: es, sin ambages, lo idéntico. Es un razonamiento que adhiero a lo que defino Razón Inmutable.
(*) Periodista egresado de la Universidad del Zulia y tesista de «Maestría en Literatura Hispanoaamericana» por la Universidad de Carabobo, Venezuela. La presente entrevista forma parte de su trabajo académico, basado en la obra literaria del escritor Alberto Jiménez Ure.
Texto suministrado por Alberto Jiménez Ure
Por NÉSTOR RIVERA URDANETA (*)
Incluido en las principales antologías de cuentos que se han editado en Venezuela durante la transición de los Siglos XX-XXI, entre las cuales Narradores andinos contemporáneos [Fundarte, Caracas, 1980], El cuento en Mérida [Universidad de Los Andes, Mérida, 1985], La narrativa corta en el Zulia [Presidencia de la República, Caracas, 1987], Relatos venezolanos del Siglo XX [Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1988] Memoria y cuento [Pomaire, 1992], Recuento [ Editorial Fundarte, Caracas, 1994], Ficción mínima [Fundarte, Caracas, 1996 y El cuento breve en Venezuela, 2005].
Escritor venezolano nacido en Tía Juana [Campo Petrolero del Edo. Zulia, 1952], publicó con Monte Ávila Latinoamericana Cuentos escogidos, con la Universidad de Costa Rica Abominables y con la Editorial Alfadil de Caracas Perversos [1995, 2002, 2004, trilogía de compilaciones antológicas personales de narraciones breves]. Espera por la aparición de su antología máxima de cuentos, intitulada Absurdos. Es autor de casi una decena de novelas, entre las que destacan Aberraciones, Adeptos, Dionisia, Facia, Desahuciados, Decapitados y Escorias.
Sobre su obra se han escrito: del ensayista venezolano BÁEZ, Fernando: Aproximaciones a la Obra Literaria de Alberto Jiménez Ure [Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1991] Del argentino BENÍTEZ, Luis: El horror en la narrativa de Alberto Jiménez Ure [Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1996] Del venezolano LISCANO, Juan: Jiménez Ure a contracorriente [ALEPH universitaria, Universidad de Los Andes, 2008] De la costarricense MONTERO RODRÍGUEZ, Shirley:Tres visiones del discurso de la postmodernidad en Cuentos Abominables de Alberto Jiménez Ure: tiempo, espacio, erotismo y fiabilidad [ALEPH universitaria, Mérida, Venezuela, 2008] Del venezolano GIL OTAIZA, Ricardo: Jiménezure ante la crítica Gilotaiziana [ensayos, en proceso de publicación] y del venezolano PLATA RAMÍREZ, Enrique: Las fantasmagorías en Alberto Jiménez Ure [Formó parte de sus investigaciones durante la realización del Doctorado en Literatura Iberoamericana en la Universidad Complutense, Madrid. en proceso de publicación]. Tiene también volúmenes de poemas y apotegmas o aforismos [Lucubraciones, Luxfero, Revelaciones, Pensamientos profanos, Dictados contrarrevolucionarios, Epitafios, Pensamientos Dispersos, Pensamientos]
- ¿Qué te ha impulsado a plasmarte por escrito todo este tiempo?
-Desde mis días mis infantes, la praxis escritural ha sido mi único e insustituible instrumento para expresar mis bienaventuranzas y otras veces los terrores que experimento en esto que definimos existencia y de lo cual Albert Einstein dudó la víspera de su escisión. Siempre he vivido enclavado en mi modestísima fortaleza personal, sitiado por seres de otro u otros mundos que se transportan armados con catapultas y otras armas letales en heliópolis. Sus intenciones últimas conmigo todavía ignoro. Padezco, con frecuencia, «alucinaciones» e igual soy un «clariaudiente». Cualquier psiquiatra te dirá que soy un enfermo, empero no es cierto desde mi perspectiva intelectual. Sólo soy una persona con dones que pudieran ser padecimientos.
- ¿Qué mueve y arrastra tu ficción nihilista?
-El Nihilismo es una corriente filosófica. El extinto Lenin estuvo en desacuerdo con la actitud que asumieron, en su tiempo y en territorio Imperial-«Revolucionario» Soviético, quienes enfrentaban a la burguesía comunista que se había inevitablemente convertido en un influyente grupo de reaccionarios. Me inquieta que alguien piense que soy nihilista, porque el Nihilismo [del Latín nihil, «nada»] fue fundado por el alemán Friedrich H. Jacobi: ese que inspiraría a sectores de criminales durante la Revolución Francesa intelectualmente liderada por Maximilien De Robespierre. Los jacobinos, al principio aliados de Robespierre, propugnaban que se ajusticiara mediante la guillotina a los contrarrevolucionarios, pero fueron también decapitados. Sus cabezas rodaron, también la de Robespierre. Es cierto que en mis textos se advierte cierto repudio o asco hacia las acciones que cometemos los seres menos inhumanos, y que, en ocasiones, de modo explícito, he dicho que nuestra especie debe abolirse. Pero, podemos extinguirnos sin masacrarnos. Hay un sencillo método científico: la esterilidad inducida. No creo en revoluciones, en la infusión del terror en ningún país por ninguna causa o propósito. Las revoluciones jamás enmendarán ninguna injusticia u oprobio y siempre diseminarán, sin distinciones, cadáveres de culpables e inocentes. Mi nihilismo no puede vincularse a movimientos revolucionarios, sino a lo que estrictamente dicta la Lengua Sacra: a La Nada. Yo bogo por la desaparición no violenta de nuestra fracasada y cruel especie. Es imperativo, urgente, que el llamado «Agujero Negro» absorba a la materia y todo lo que implica su existencia.
- ¿Cuáles recursos literarios te permiten expresar, cómodamente, la intención nihilista de la que te hablo en la pregunta anterior?
-He sido un fervoroso estudioso de la Filosofía, Literatura y de la Lengua Española que me place perturbar mediante neologismos y violaciones de su respetabilísima morfosintaxis de ecclesia. Mis recursos devienen de tales y venerables ascendentes.
-¿Qué te aleja del planteamiento reiterativo en tu obra? ¿Te reinventas constantemente o reconoces que caminas sobre tus propios pasos? –Esto te lo digo a propósito de que, durante las décadas de los 80 y 90, se dijo que tu estilo llenó vacíos literarios en el ámbito nacional.
-Me cuento entre los escritores obsesos. Decimos y a veces nos asustamos de nuestras confesiones o de cuanto hemos develado bajo catarsis, euforia, locura […] Entonces nos alejamos mediante la escritura de obras menos corrosivas. Me ha sucedido varias veces. Redacté la novela Facia, por ejemplo, cansado de tantas perversiones que pululaban en mi mente. Y Deus [enunciados poéticos] porque vi a mi Pater Supremum y le prometí que le dedicaría un libro. No me reinvento. Pero, no es discutible que en cada uno de mis libros esté mi impronta indeleble.
¿Consideras que existen otros precursores del «Nihilismo» en el actual panorama literario venezolano?
-No yerres, no soy precursor del Nihilismo en ningún lugar. Si fuese precursor de algún asunto en materia de creación, sería de lo que califico como Difemismo Literario. Mis escritos no suelen ser odoríficos. Asocio el Nihilismo con masacres revolucionarias y me deprimo, porque en el mundo que habitamos numerosos perturbados mentales tienen, infaustamente, el Poder del Mando y quieren revivir las cruentas abominaciones de los jacobinos y robespierrianos que abatieron a tantos inocentes durante la Revolución Francesa. También vinculo el Nihilismo con los [neo] nazifascistas y stalinistas.
¿Qué quiso decir Juan Liscano al afirmar que tu obra muestra «mensajes narrativos»? ¿Es lo mismo que «construir con ideas»?
-Entre Juan Liscano y yo hubo una verdadera comunión intelectual. Aun cuando no solía admitirlo con frecuencia para no lastimar a ciertos escritores con los cuales mantuvo buen trato y amistad, a Liscano le fastidiaba la literatura frívola y carente de profundidad. Su mente necesitaba ser conmovida, una fortísima sacudida. Él halló en mis novelas y enunciados «revelaciones» que a veces elogió y en otras ocasiones deploró. Recuerdo haberle dicho lo siguiente: «Soy, intelectualmente, la verdad en la contradicción. De Abraxas, su semejante»
-Liscano también expresó que eres un «pensador nihilista disfrazado de literato». Calzadilla Arreaza aseguró que la tuya es una «literatura de la destrucción» y que, mediante una relación «caos-análisis» buscas «llevar la compleja realidad a sus mínimos elementos aleatorios para ir al encuentro de ti mismo, con marcado acercamiento a la muerte». Otros aseveran que en tu obra subyace un afán por depurarte, vindicarte mediante confesiones […]
-Poco tiempo antes de su muerte, Liscano sospechó que yo me había convertido en uno de los principales «ideólogos del satanismo» en la ciudad de Mérida. Me llamaba constantemente por teléfono, casi a la medianoche, inquieto, ofuscado por esa absurda creencia. Juan fue un intelectual cultísimo, extraordinario defensor y propulsor de mi obra literaria, pero pienso que sus miedos de procedencia religiosa comenzaron a confundirlo cuando su edad alcanzaba los 80 años. Ya leía poco y se dedicaba a prolongadas meditaciones. Quiso volverse un verdadero gnóstico, dejar de temerle a la muerte para entrar apaciblemente en ella. Me confesaba su lealtad y afecto hacia mi, su respeto por mi obra literaria, pero era comprensible que me prejuzgara. Mis libros fueron, gradualmente, transformándose en especie de armas letales para quienes se aferran ciegamente a quien también es mi Pater Supremum. Juan Liscano me dijo haber visto a Luxfero, lo cual no me produjo perplejidad porque el Demonio es uno de los toros con los cuales suelo lidiar.
-¿Es posible un futuro promisor para el Nihilismo y sus exponentes?
-Filosófica y políticamente, el Nihilismo siempre tendrá hacedores y adherentes: siempre tendrá «futuro» mientras no propugnemos la abolición científica de nuestra especie. El Nihilismo en el ámbito literario y el que trasciende a la palabra para santificar genocidios es inmanente al Ser Menos Inhumano.
-Cuando distorsionas la realidad pretendes: ¿Innovar? ¿Asquear al lector que pueda verse reflejado en tu trabajo? ¿Volcar algún malestar personal? ¿Dejar en evidencia tu talante inconformista?
-Qué pensarías de mi si pronuncio, Néstor, frases mías e inéditas como las que a continuación pronuncio: «Si no quieres ser lastimado por el maleante, tienes que parecertele» «Comete lentamente tus asesinatos o perversiones para que tenga sentido el desgaste físico y psíquico que te provocan esos actos» «Al criminal plugo dejar con vida a quien está destinado a ser su verdugo». Elige que pretendo […] Decide tu, porque yo sólo soy un escritor y jamás juez de mis reflexiones o ficciones.
-El Nihilismo es, en esencia, una profunda reflexión y crítica a los sucesos del mundo. ¿Sería, entonces, tu literatura una crónica asqueada de tu tiempo, y, por ello, una inagotable y motivadora fuente para tu producción intelectual? ¿La narración de abominaciones no acerca tu literatura a la crónica periodística?
-Yo sólo escribo ficciones y me desahogo haciéndolo. Si semejan a «La Realidad»
o la trascienden, si la exacerban o superan, no depende de mi. Dejo los juicios respecto a mi estilo literario a ustedes, a quienes me interrogan por motivos periodísticos o académicos, a los críticos literarios, a los estudiosos de la Literatura, a mis lectores. Lo que parece cierto es que estoy en el mismo lugar donde están quienes, como yo, todavía respiran. Y si soy escritor mis textos deben estar infectados de eso que entendemos como «La Realidad».
-A partir del planteamiento anterior, ¿podría hablarse de paralelismo entre «Ficción Nihilista»-«Periodismo literario»?
-Si estamos y tenemos inteligencia, semejamos. Lo semejante no es simulación de lo paralelo o reflejo: es, sin ambages, lo idéntico. Es un razonamiento que adhiero a lo que defino Razón Inmutable.
(*) Periodista egresado de la Universidad del Zulia y tesista de «Maestría en Literatura Hispanoaamericana» por la Universidad de Carabobo, Venezuela. La presente entrevista forma parte de su trabajo académico, basado en la obra literaria del escritor Alberto Jiménez Ure.
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